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Pablo en Atenas: No hay más sabiduría que la de la Cruz

Pedro García, MC

San Pablo

San Pablo

Pablo, en su incesante camino evangelizador, se detiene, por circunstancias ajenas, en Atenas, la ciudad de los grandes pensadores y filósofos, el lugar más cosmopolita de aquellas tierras. Allí, movido por difundir su creencia y fe en la Cruz de Jesús, les habla a los atenienses de Dios, de un Dios que, al final de sus vidas, los llamará a cuentas. Sus oyentes, sin embargo, se muestran reacios a la predicación del converso Pablo.
En el marco del Año del Apóstol San Pablo, que el Papa Benedicto XVI instituyó para celebrar los dos mil años de su nacimiento, “La Senda” hoy presenta la aventura de Pablo en Atenas, la soñada Atenas, el emporio del saber, del arte, de la belleza; la cuna de la cultura occidental.

Solo, en una ciudad pagana
Corre la primavera del año 51, y los de Berea no se atreven a dejar solo a Pablo -pues parece que está otra vez enfermo o no bien recuperado en su salud-, y lo llevan hasta Atenas. Allí, les dice Pablo agradecido: “¡Gracias, queridos! ¡Qué buenos son! Marchen a Berea, pero encarguen a Silas y Timoteo que vengan lo antes posible a Atenas, pues aquí me encuentro muy solo” (Hch 17, 15-34). Pablo se queda en esa ciudad con el ánimo bajo los pies. Un judío como él no tenía para menos. ¡Cuántos ídolos! ¡Cuánta superstición! ¡Cuántos templos y altares a dioses falsos! Un conocido escritor romano que visitó Atenas en aquellos mismos días, escribía irónicamente: “Está todo esto tan lleno de dioses que resulta más fácil encontrar un dios que un hombre”.

Filósofos baratos y oyentes ociosos
Mientras esperaba a Timoteo y Silas, nos dicen los Hechos, “Pablo estaba interiormente que explotaba, indignado al contemplar la ciudad tan llena de ídolos”. Como en todas partes, empieza por la sinagoga, pues se dice: “¡Al menos aquí adorarán fervientemente a Dios!”.
Pero Pablo se lleva también una desilusión con los judíos. Eran pocos en Atenas, y parece que se habían amoldado a la manera floja de vivir de los atenienses. Pablo no sería él si se hubiera quedado quieto. Cada día iba al ágora, la plaza pública en que se mezclaban, de manera simpática y desesperante a la vez, toda clase de gentes. Abundaban allí, sobre todo, los filósofos baratos y los oyentes ociosos, que se preguntaban cada día: ¿Qué hay de nuevo hoy? Los grandes sabios como Sócrates, Diógenes, Platón o Aristóteles, habían desaparecido hacía ya muchos años.
Ahora, dicen los Hechos, merodeaban los estoicos y los epicúreos, que al oír a Pablo comentaban de manera divertida: “¿Qué dice ese charlatán, ese pajarraco que se come todos los granos esparcidos por el suelo?”.

Un predicador curioso y tenaz
Era esto lo que en Atenas decía la gente de los filósofos baratones que se presentaban cada día. Porque eran unos sabios muy pobres, que recogían cuatro sentencias que habían escuchado de otros, y las vendían como sabiduría propia. ¡Esto es ese predicador tan curioso que nos viene con nuevos dioses, ese Jesús y esa Resurrección! Si no lo dijera así Lucas, que se luce en su narración, nosotros no tendríamos imaginación para inventarlo.
Como todos los dioses del Olimpo griego eran casados o se unían para engendrar otros dioses, aquí viene este Pablo ahora a predicar un dios masculino, Jesús, y una compañera femenina, Resurrección. ¡No deja de ser curiosa esta pareja de dioses! Así piensan los oyentes de Pablo, y para aclarar mejor las cosas, le proponen: ¿No podríamos oírte de esto más detenidamente en el Areópago?.

La tribuna: el Areópago
La proposición era muy seria. El Areópago era el tribunal que examinaba la legitimidad de la religión y, si era preciso, juzgaba a los propagandistas de nuevos dioses. El Areópago había juzgado y condenado a muerte, por impío, nada menos que a Sócrates, el filósofo y el hombre más grande de Grecia. ¿Qué hará el Areópago ahora con Pablo, ese anunciador de nuevas divinidades? No va a hacer nada, afortunadamente. Lo de hoy no va a ser un juicio, sino sólo escuchar al expositor de la nueva religión.
Pablo está de pie ante sus oyentes, que lo invitan: ¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan. Todo es cortesía, todo es educación. Y Pablo, en su exposición, va a rayar a gran altura desde el primer momento, cuando comienza: Atenienses, veo que ustedes son, bajo todos los aspectos, los más respetuosos de la divinidad. Con este inicio, Pablo se demuestra un orador consumado, y Lucas un historiador excepcional al darnos un resumen de las mismas palabras de Pablo.

Los atenienses no oyen más que sus propias voces

Magnífico, bello y muy profundo todo, desde luego. El auditorio escucha con placer una filosofía semejante, y más cuando la ve confirmada por lo que dijeron algunos pensadores y poetas griegos, como lo reconoce Pablo: Porque somos del linaje de Dios. Y si somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el genio de los hombres.
Pablo luce formidable. Pero viene lo malo, cuando anuncia: Ese Dios creador, que ha tolerado hasta ahora la ignorancia, quiere que todos se conviertan, porque todos van a ser juzgados un día por un hombre determinado, a quien Dios ha garantizado resucitándolo de entre los muertos.
Aquí se acabó el escuchar con agrado a este soñador. ¿La conversión? No les gustaba. ¿La resurrección de los muertos? A un griego no le entraba en la cabeza. Pero siguieron todos en su educación, y dijeron cortésmente al orador: Pablo, te escucharemos con gusto otra vez.
No volvieron a escucharlo, porque ni ellos estaban interesados, ni Pablo tenía ganas de perder más el tiempo: Aquí no hay nada que hacer. Estos griegos atenienses buscan sólo sabiduría, y yo no enseño más sabiduría que la de la Cruz.

De lo bueno, poco
No todo, sin embargo, se había perdido, como anota Lucas: “Algunos hombres se adhirieron a Pablo y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos”. Éstos fueron la semilla de una nueva Iglesia en Atenas, pequeña, pero allí quedaba la semilla enterrada.
Pablo, siguen diciendo los Hechos, dejando Atenas se fue a Corinto. Esta vez no se marchaba perseguido. Fracasado, sí. Los pocos judíos de Atenas seguían en su indiferencia, los filosofantes griegos en su incredulidad, y Pablo con una convicción: ¡Basta de ciencia! La Cruz y nada más… Lo va a demostrar en el nuevo campo. ¡Corinto a la vista!

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