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La Presentación del Niño Jesús y la purificación de María

Espiritualidad

Aunque esta fiesta del 2 de febrero cae fuera del tiempo de Navidad, es una parte integrante del relato navideño, en la cual debemos reflexionar sobre dos acontecimientos muy importantes en la vida de la Iglesia.

Cuarenta días después del Nacimiento

La Ley de Moisés mandaba que a los cuarenta días de nacido un niño fuera presentado en el templo. Los católicos hemos tenido la hermosa costumbre de llevar a los niños al templo para presentarlos ante Nuestro Señor y la Santísima Virgen. Se trata de una costumbre que tiene sus raíces en la santa Biblia. Cuando hacemos la presentación de nuestros niños en el templo, estamos recordando lo que José y María hicieron con el Niño Jesús (Cfr. Lc 2, 22-39).

José y María cumplen sus obligaciones

La misma ley mosaica mandaba que el hijo primogénito le pertenece a Nuestro Señor y que el modo de “rescatarlo” era pagando por él una limosna en el templo. Esto lo hicieron María y José. Además de la ley que obligaba a purificarse, había otra que ordenaba ofrecer a Dios al primogénito, aunque en lo posterior podía ser rescatada por cierta suma de dinero. María cumplió estrictamente con todas esas ordenanzas.

Por mandato, al presentar un niño en el templo había que llevar un cordero y una paloma y ofrecerlos en sacrificio al Señor. María y José, que eran muy pobres, ofrecieron dos pichones en sacrificio. En la puerta del templo se hallaba un sacerdote, el cual recibía a los padres y al niño y hacía la oración de presentación del pequeño infante al Señor. Su nombre era Simeón.

Mis ojos han visto la salvación

Era un hombre inspirado en el Espíritu Santo, que le había prometido a Simeón que no se moriría sin ver al Salvador del mundo, y ahora, al llegar esta pareja de jóvenes esposos con su Hijo al templo, el Espíritu Santo le hizo saber al profeta que aquel pequeño Niño era el Salvador y Redentor.

Simeón emocionado pidió a la Santísima Virgen que le dejara tomar por unos momentos al Niño Jesús en sus brazos, y levantándolo hacia el cielo proclamó en voz alta dos noticias: la primera, que ese Niño iluminará a todas las naciones, y la segunda que muchos rechazarán a Jesús y que, por su causa, María la Virgen tendría que sufrir de tal manera como si una espada afilada le atravesara el corazón.

Ya pronto comenzarán esos sufrimientos con la huida a Egipto. Después vendrá el sufrimiento de la pérdida del niño cuando tenía 12 años cumplidos, y más tarde, en el Calvario, María padecerá el atroz martirio de ver morir a su Hijo, asesinado ante sus propios ojos, sin poder ayudarlo ni lograr calmar sus crueles dolores.

Después de este interesante hecho de la Presentación de Jesús en el templo, la Virgen María meditaba y pensaba seriamente en todo esto que había escuchado.

Fiesta de la Calendaria

En la celebración Eucarística de este día, un signo muy peculiar son las velas (candelas), las cuales representan la “Luz del Cristo”, “Luz del mundo” para la salvación de todos los hombres.

La bendición de las candelas antes de la Misa, la procesión con las velas encendidas, llevar al niño Jesús de nuestro nacimiento, en símbolo de la presentación de que estamos ante Él, lo necesitamos como nuestra luz y guía. Es adecuado que, en este día, al escuchar el cántico de Simeón aclamemos a Cristo como: “Luz para iluminar a las naciones y para dar gloria a tu pueblo, Israel”.

Los tamales, una tradición

En la tradición mexicana esta fecha es especial para degustar unos ricos tamales: luego del 6 de enero, Día de Reyes, en que la familia y amigos se reunieron para partir la rosca, quienes tengan la fortuna de “sacarse” el niño Dios, deben invitar a todos los allí reunidos a disfrutar ese platillo típico el 2 de febrero próximo.

Después de la Misa de bendición del Niño Dios se retorna a casa para celebrar el acontecimiento con tamales y atole. El fraile español Bernardino de Sahagún, en sus escritos, se refiere a la gran variedad de tamales que se podían encontrar en los mercados de aquel entonces y que, incluso, estaban presentes en los banquetes del emperador Moctezuma.

No olvidemos

Por último, no olvidemos lo esencial de esta fiesta, que es la manifestación de Jesús como nuestra luz y Salvador para todos los tiempos, para todos los pueblos. Cuidémonos de no ir secularizando nuestras tradiciones católicas, que en ocasiones son un mero pretexto para poder festejar, dejando de lado lo importante de cada celebración.

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Fuente:

www.ewtn.com

www.corazones.com

www.aciprensa.com

www.wikipedia.com

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