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¿Por qué se da el divorcio?

Familia

Héctor García

Una canción de hace ya algún tiempo, bellamente interpretada por un conocido artista, dice: “porque se vuelven cadenas lo que fueron cintas blancas, el amor acaba”. Esta pequeña frase parece ser la bandera de muchas parejas que, unidas en matrimonio, sienten que los lazos que en un tiempo hacían de la convivencia de esposos un encuentro agradable, hoy se han convertido en cadenas que los hacen sentirse prisioneros, la relación los ahoga y, por lo tanto, el matrimonio es un vínculo que quita la libertad, siendo “necesario” divorciarse. Ciertamente, para algunos, y podemos decir, sin temor a equivocarnos, que para muchos, esta es una realidad que se vive, que siempre ha existido, pero en nuestros tiempos se ha vuelto más patente.

Nuestra sociedad cambiante y “tan moderna” ha hecho del divorcio algo natural, no nos extraña enterarnos de tantos y tantos rompimientos a nuestro alrededor, incluso en nuestras propias familias. Es triste para quienes valoramos la unidad entre los esposos que se den estas situaciones con frecuencia.

Las causas
¿Qué es en realidad lo que lleva a la separación? Los motivos pueden ser muchos y muy variados, algunos bastante serios, otros parecieran no serlo tanto, pero a la postre influyen de manera importante para quebrantar la relación.

Hace poco, conversando con alguien que está pasando por este desagradable trance, ante el cuestionamiento de cuál o cuáles eran los motivos que consideraba más importantes para que él y su todavía esposa llegaran a estas instancias, respondió: “mi indiferencia, creo que esa es la principal causa de lo que ahora me está sucediendo; no le dediqué una especial atención a nuestra relación y a pesar de que fue un clamor constante de mi esposa, no hice caso, no lo creía necesario. Hoy ella me ha pedido el divorcio, me dice que mis actitudes provocaron que ya no me ame”.

Este es sólo un ejemplo, una causa que puede llevar a la ruptura. Otras que observamos, con frecuencia, son: la infidelidad, el maltrato, la opresión, los celos, la inmadurez, los gritos, los insultos, la manipulación, la falta de cumplimiento de los deberes, el machismo tan acentuado en nuestra sociedad latinoamericana, la intromisión de las familias, la ausencia de detalles que enriquecen el diario convivir de los esposos, el poco o nulo respeto a la dignidad de la pareja, los vicios, la falta de sinceridad, de honestidad, la obsesión por proveer lo material descuidando lo esencial: amar; la incompatibilidad de caracteres, y aquí nos detenemos un poco para reflexionar sobre esta causa: algunos matrimonios arguyen dicha incompatibilidad, pero lo incomprensible es que lo hacen después de varios años de vivir juntos y resulta que a los diez, veinte o más años de compartir sus vidas se dan cuenta que no son afines, curioso ¿no?

Otra causa significativa es la falta de preparación para la vida matrimonial, no profundizar intensamente desde el noviazgo en el conocimiento mutuo, en un buen discernimiento que ayude a tomar la crucial decisión, traerá como consecuencia posible que la relación sea frágil. Muchas veces el matrimonio fracasa porque el noviazgo es un fracaso; en lugar de ser una preparación para un matrimonio feliz, se convierte en una relación obsesiva, dominante, con carencias acentuadas.

¿Divorcio o separación?
Nuestra fe católica no concibe el divorcio como tal, pero cuando después de haber agotado todos los recursos disponibles la relación se ha vuelto insostenible y están en riesgo la salud física y espiritual de los cónyuges, sugiere, y esto en casos muy extremos, una separación temporal para buscar la solución a las crisis entre la pareja; en otros casos, cuando no se vislumbra un posible arreglo entre los esposos, sugiere la separación definitiva sin que esto se entienda como divorcio.

La posición de la Iglesia
Los cónyuges que han contraído el matrimonio sacramental, al separarse no están en posibilidad de volverse a casar, puesto que en la Iglesia Católica no existe el divorcio. Las enseñanzas de Jesús no aceptan el divorcio en el sentido de romper el vínculo matrimonial y volverse a casar (Cfr. Mt 19, 3-9); un católico separado sigue teniendo la obligación de permanecer fiel al cónyuge y, por duro que esto sea, no es más que consecuencia de un juramento hecho libremente.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente” (n. 2384).

Muchos podrán decir que esto es anticuado, anacrónico, pero la Iglesia busca, al no permitir volver a casarse, evitar más divorcios y, por lo tanto, cuando hay hijos de por medio, evitar el sufrimiento de éstos cuando se reemplaza a uno de sus padres.
Es cierto que nadie busca ni desea la separación, pero existen circunstancias que orillan a tomar esa decisión; si se hace el esfuerzo por no llegar a esta salida, generalmente se resuelven los problemas.

Existe en la actualidad una realidad muy tangible, la cual no podemos ignorar: disminuyen los matrimonios y aumentan los divorcios. Es necesario, por consiguiente, fortalecer nuestra oración por las vocaciones matrimoniales, porque los matrimonios, las familias se constituyan en verdaderas iglesias domésticas, signos del amor de Dios.

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Comentarios al autor: ( hec_mex@hotmail.com )

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