abril 2010
D L M X J V S
« mar   may »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

Archivos

Categorías

Discípulos misioneros de la Resurrección del Señor La alegría de anunciar una buena noticia

Misiones
Alfonso J. Cichini Méndez

 La alegría de anunciar una buena noticia

La alegría de anunciar una buena noticia

“¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16, 6).
Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Con esta alegría de saber que Cristo ha resucitado, debemos anunciarlo a todos los pueblos, en nuestras comunidades, en nuestras familias; esa es precisamente la esencia del discípulo misionero: anunciar que Cristo ha resucitado y que vive en medio de nosotros.

Está claro que el acontecimiento de la Resurrección no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Así acontece, por ejemplo, en el caso de María Magdalena (Cfr. Jn 20, 11-18), que descubre el sepulcro abierto y vacío, e inmediatamente teme que se hayan llevado el cuerpo del Señor. El Señor entonces la llama por su nombre y en ese momento se produce en ella un cambio profundo: el desconsuelo y la desorientación se transforman en alegría y entusiasmo. Con prontitud va donde los Apóstoles y les anuncia: “He visto al Señor” (Jn 20, 18).

Es un hecho que quien se encuentra con Jesús resucitado queda transformado en su interior. No se puede “ver” al resucitado sin “creer” en Él.

Hay que aspirar a las cosas de arriba
La Resurrección no ha pasado, nos ha alcanzado, e impregnado. A ella, es decir, al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene con firmeza cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el Bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer.

La fe nace del encuentro personal con Cristo resucitado y se transforma en impulso de valentía y libertad que nos lleva a proclamar al mundo: Jesús ha resucitado y vive para siempre. Esta es la misión de los discípulos del Señor de todas las épocas y también de nuestro tiempo: “Si habéis resucitado con Cristo -exhorta san Pablo-, buscad las cosas de arriba (…). Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra” (Col 3, 1-2). Esto no quiere decir desentenderse de los compromisos de cada día, desinteresarse de las realidades terrenas; más bien, significa impregnar todas nuestras actividades humanas con una dimensión sobrenatural, significa convertirse en gozosos heraldos y testigos de la Resurrección de Cristo, que vive para siempre (cfr. Jn 20, 25; Lc 24, 33-34).

Vida nueva, esperanzas nuevas

San Agustín recuerda, de modo incisivo: “Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (…) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la cruz y ha sido sepultada en el bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras” (Sermón Guelferb 9, 3).

En necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y en el ahora de sus vidas. Él es el viviente que camina a nuestro lado, que ha resucitado de entre los muertos y está descubriendo con el sentido de los acontecimientos, el dolor y la muerte, la alegría y la fiesta, alimentándonos con el Pan que da la vida. Para así, alimentados de su cuerpo y de su sangre, ir a anunciar el gran misterio de nuestra fe, que Cristo ha resucitado

De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el Exultet: “Exulten por fin los coros de los ángeles… Goce también la tierra”. La Resurrección es un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con el Exultet: “Cristo, tu hijo resucitado… brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos”. Amén.
—–
Comentarios al autor: (cichinifms@hotmail.com)

Leave a Reply

  

  

  

You can use these HTML tags

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>