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La venida del Espíritu Santo

Biblia
Dora Luz Virgen, Teresa González Muñoz / Escuela de Animación Bíblica

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De pronto vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2, 1-4).

Cincuenta días después de la Pascua
Jesús se aparece a sus discípulos durante cuarenta días, en los cuales les dio numerosas pruebas de que vivía: se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. Después de la Ascensión permanecieron en oración durante nueve días (Cfr. Hch 1, 1-4), preparándose y esperando el Espíritu Santo. Estos cincuenta días son también para nosotros un tiempo de preparación, oración y espera, es el “coronamiento de la Pascua de Cristo”, es la conmemoración del nacimiento de la Iglesia, la renovación de la Nueva Alianza.

Cumplimiento de la promesa
Jesús no defrauda la esperanza que ha puesto en el corazón de los hombres, y su único deseo es transmitirnos la vida de Dios, enviándonos su Espíritu de amor, que fortalece, transforma y actúa en aquellos que lo poseen.

El Espíritu Santo transformó a los Apóstoles: en primer lugar, para que comprendieran que la salvación es para todos los pueblos; en segundo, para hablar y anunciar a Cristo, fuerza que antes les faltaba; y en tercero, dándoles fuerza para actuar como Cristo, sin miedo a las acusaciones, a las persecuciones, a caer en la cárcel o a la muerte misma.

Los Apóstoles se dejaron transformar el día de Pentecostés, venciendo el miedo. En Pentecostés nació la Iglesia y comenzó una nueva vida para todos los que la formamos. Cada uno de nosotros podemos ser hombres nuevos con un corazón nuevo, con la fuerza especial del Espíritu Santo, y así cumplir la misión del Padre como Jesús la realizó, muriendo a nuestro egoísmo y comodidad. Si tenemos el Espíritu nos comportaremos según el Espíritu, cuando somos dóciles a sus inspiraciones.

Recibiremos la fuerza del Espíritu
Dios cumple sus promesas hechas realidad en Jesucristo, que envía al Espíritu Santo sobre sus Apóstoles. El amor del Padre y del Hijo se hace presente para llenar a los Apóstoles de su Santo Espíritu. Por eso es necesario tener una conciencia clara y plena del gran amor de Jesús que dio la vida por nosotros, saber que ha cumplido su promesa: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén y en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

Dios, en su infinita bondad y amor, envía a su Hijo a los hombres, quien a su vez deja a sus apóstoles, que guiados por el Espíritu Santo,anunciarán el Reino de Dios y la Resurrección de Cristo. El Espíritu Santo lo recibimos en el sacramento del Bautismo, donde nos comunica la vida divina, haciéndonos hijos de Dios; nos transforma en miembros de Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para darnos vida divina (cfr. Rm 4, 25), y nos congrega en Iglesia como pueblo de Dios.

El regalo que es el Espíritu
Tener la actitud de los Apóstoles es lo que nos llevará a ser sus seguidores:
- Obediencia, ya que Jesús les dijo, permanezcan unidos y en oración.
- Confianza porque creyeron.
- Paciencia porque esperaron.
- Perseverancia en la oración.

La promesa del Padre y del Hijo sigue estando vigente, ayer, hoy y siempre: ¡qué gran regalo!, ¡qué gran oportunidad! para toda la humanidad. “Haré prodigios arriba en el cielo y señales milagrosas abajo en la tierra” (Hch 2, 19).

Gratis, todo sin costo. Cómo nos gustaría mirar a la gente dispuesta a recibir este regalo de amor y de paz, pues cuánta falta hace que nos dejemos llenar y conducir por el Espíritu Santo en la vida, a fin de que aprovechemos su gracia divina. En este tiempo Pascual, al igual que los Apóstoles, podemos volver a Jerusalén, permanecer unidos en oración para llevar y anunciar el Reino de Dios, en estos momentos en que la humanidad se ve inmersa en un torbellino de violencia, vicios y crímenes.

Abramos el corazón a la esperanza
Que la luz del Espíritu Santo brille para guiar y acompañar a los hombres y mujeres que al recibirlo daremos frutos de amor, justicia y paz, y que no pueden ser generados en nuestros corazones más que por la acción del Espíritu Santo. Amor del Padre y del Hijo para toda la humanidad, que necesita de este rocío divino para germinar y dar fruto.

Consagrémonos al Espíritu Santo, Dios de la vida, abramos nuestro corazón a la esperanza de que nuestra lucha puede vencer el mal a fuerza de hacer el bien (cfr. Rm 12, 21).

“Porque creemos que el Espíritu Santo da testimonio de Jesús en nosotros, nos lleva a la verdad completa, lleva a la plenitud la obra salvadora de Jesús, dispone las inteligencias y voluntades para encontrar soluciones, fortalece las rodillas vacilantes, endereza los caminos torcidos, purifica, libera, sana, fortalece, alienta. Compromete, pero sobre todo, ¡llena de esperanza!” (cfr. Solemnidad de Pentecostés 2009, Diócesis de Tepic).

Así seremos hombres y mujeres que transformemos nuestro mundo a veces tan desgastado, en un mundo donde reine el amor, la justicia y la paz.

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