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Catequesis para niños, ¿un problema?

Familia

Héctor García

San Pablo en una de sus cartas, nos dice que toda competencia requiere de una preparación muy rigurosa. Los atletas que en dicha justa participan, buscan una corona que se marchita (un premio corruptible), mientras que nosotros debemos buscar una que no se marchite (cfr. 1Cor 9, 25).

Quizá ahora nos preguntemos cuál es la competencia en la que vamos a participar o contra quién vamos a competir. En la vida nos fijamos metas, y para lograrlas debemos librar obstáculos, necesitamos una gran disciplina y una preparación exhaustiva para alcanzar lo que nos hemos propuesto o lo que necesitamos, renunciar a muchas cosas que a veces no son malas y a otras, que sí lo son.

Tal vez nuestros niños no sepan esto o no lo comprendan, pero nosotros los adultos sí lo entendemos, y sabemos que todo ello es necesario, y sabemos también que nos corresponde ir poniendo los medios para que nuestros hijos se vayan preparando para sortear los obstáculos que se les van a ir presentando a lo largo de su vida, sin que ello quiera decir que debamos solucionárselos, no los dejaríamos crecer si así lo hiciéramos; nuestra labor es, pues, ayudarlos a prepararse, a formarse humana y espiritualmente.

Los medios

En la escuela los van preparando en lo académico, los conocimientos que ahí adquieren son necesarios para desenvolverse en la vida laboral, para conocer más del mundo, de la patria en que viven, etcétera; les inculcan ciertos principios y valores, una labor muy importante, por cierto. Mas es en el seno familiar donde indiscutiblemente se van formando en los principales valores humanos y cristianos.

Como padres de familia entendemos que no podemos solos con el paquete, que ayudar a nuestros niños en esta difícil pero edificante labor redundará en buenos frutos, pero que necesitamos quien o quienes nos ayuden a lograrlo; es por ello que los enviamos a la escuela y es por eso también que, como católicos que somos, procuramos que reciban formación cristiana, preparación para recibir los Sacramentos, los enviamos o los llevamos para que reciban la catequesis, “el catecismo”, como popularmente lo decimos.

Fin de la catequesis

Probablemente la mayoría entendemos el significado del término, y sabemos que la catequesis es una educación en la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende en especial una enseñanza de la doctrina cristiana, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 4). Hoy, como ya lo hemos percibido, nos atañe hablar de la preparación de los niños exclusivamente.

Buscamos con afán, por distintos medios, ayudar para que ellos sean mejores seres humanos en todos los sentidos. No logro explicarme entonces por qué muchos padres de familia han hecho tan patente su inconformidad por la decisión de que en nuestra diócesis, en las distintas parroquias, se ampliara el tiempo de preparación para nuestros niños en el catecismo, que en la actualidad se pretende sea escolarizado (dos años en preescolar, tres para Primera Comunión, tres para Confirmación y los necesarios en perseverancia).

Hoy, a pocos días de haber iniciado el catecismo, aún sigo escuchando constantes reclamos por esta situación (en mi familia, con los amigos y con no pocos conocidos).

El subtítulo que con toda intención emplee en este apartado tiene dos finalidades: una, explicar el significado de la palabra catequesis y la otra, expresar el sentir de muchos de que ésta termine lo más rápido posible en cada ciclo.

Un esfuerzo poco valorado

Me causa extrañeza que, si buscamos que nuestros hijos reciban la mejor preparación posible, se afanen algunos en coartar o reducir lo que la Iglesia Católica nos ofrece.

Quien les escribe, en lo particular, no imparte catecismo a los niños, pero sí convivo con personas que lo hacen y me doy cuenta del gran esfuerzo que implica prepararse para “enseñar a Cristo”, en especial a los niños, de adquirir el conocimiento amoroso de Cristo con el deseo de anunciarlo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 428 y 429), reconociendo y buscando aplicarse para sí mismas las palabras de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16).

Las y los catequistas están haciendo su mejor esfuerzo y poniendo lo mejor de sí para ofrecer no sólo más tiempo dedicado a los niños, sino también más calidad en la formación catequética. Nuestra diócesis entera ha tenido que modificar sus esquemas para lograr una mayor preparación de nuestros niños.

Hoy, que los valores y principios se han visto tan devaluados en nuestra sociedad, necesitamos toda la ayuda posible para que ellos obtengan los medios convenientes para prepararse en la carrera de la vida. Se necesitan familias que formen en valores a sus hijos y se requiere aceptar que el tiempo que nuestros pequeños pasan en los diferentes templos recibiendo formación espiritual y humana, no es tiempo perdido, sino por el contrario, es tiempo ganado para Cristo, y para ellos mismos.

Su formación lo es para nosotros también cuando participamos con ellos de forma activa en lo que, sabemos, les va a ayudar a construir su vida y a lograr las metas que se vayan proponiendo, principalmente la de ser buenos cristianos.

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Comentarios al autor: (hec_mex@hotmail.com )

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