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La familia y la vocación a la vida consagrada

Familia

Héctor García

La familia y la vocación a la vida consagrada

Cuando en algunos jóvenes, hombres y mujeres, surgen inquietudes sobre su vocación, acuden a grupos o a movimientos de discernimiento vocacional para reflexionar sobre el llamado que Dios les hace (en nuestra diócesis, la Pastoral Juvenil Vocacional trabaja de forma activa al respecto). En este artículo pretendemos hablar de aquellos que han sido llamados a la vida consagrada y las reacciones que suelen suscitarse en sus familias, y cómo éstas acompañan o no a quienes han tomado esta gran decisión.

Vocación

Definamos la palabra vocación: “Es un acontecimiento misterioso en el cual el hombre o la mujer, dialogando con Dios, adquiere conciencia de una misión situada históricamente, y se compromete en una respuesta concreta”. La doctrina del Concilio Vaticano II muestra la vida cristiana como una vocación, la “vocación universal a la santidad” (cfr. Lumen gentium –La luz de las gentes–, n. 40).

Si el chico o la chica responden de forma concreta que se quieren comprometer mediante la vida consagrada, se cimbran los cimientos en las familias, ya sea para bien o para mal. De entrada, cuando el o la joven toma esa decisión, en gran parte de ellos surge una inquietud: ¿cómo va a reaccionar mi familia?

Cuando un hijo decide ser sacerdote o religiosa las reacciones de los papás y del resto de la familia suelen ser diversas, algunos lo toman como una bendición, otros expresan una manifiesta oposición. La respuesta suele depender muchas veces del grado de relación y vinculación que tiene la familia con la Iglesia.

Resistencia familiar

Es lógico que los padres sientan el dolor por la separación de un hijo que se marcha de casa. Todos podemos comprender ese tipo de sufrimiento. Pero, en algunas ocasiones, se reacciona con una oposición excesiva, casi violenta; una aberrante negación a tan determinante decisión vocacional, e incluso, a veces, la negación a la relación familiar.

No hace mucho tiempo, en nuestra cultura cristiana, era frecuente, entre los mismos padres, ofrecer a sus hijos a Dios para que los llamase a una vocación de especial consagración. Lo que ayer era considerado un privilegio hoy es visto como una amenaza entre no pocas familias, incluso con cierta práctica religiosa. No hay duda de que las coordenadas sociales y culturales han cambiado mucho. Hoy, por ejemplo, cuando alguien comparte que uno de sus hijos ha optado por la vida consagrada, el comentario de ciertas personas, algunas de ellas incluso católicas, suele desmotivar a quienes consideramos el llamado como una bendición: “Ni modo, qué se le va a hacer”, “qué desperdicio, con el potencial que tiene”. En nuestra sociedad solemos presumir a los amigos y conocidos cuando uno o más de nuestros hijos se van a estudiar fuera, ya sea del estado o del país; sin embargo, cuando se van a formar para la vida sacerdotal o religiosa, por lo general la presunción se acaba.

Las inquietudes que suelen surgir en los papás, aún en aquellos que tienen una fe viva, pueden manifestarse con muchos cuestionamientos y temores, entre algunos: ¿tendrá verdadera vocación?, ¿habrá sido presionado (a)?, ¿será feliz, estará muy solo? y, directamente con ellos: ¿por qué no terminas tus estudios y enseguida decides?, ¿no te gustaría casarte, formar una familia y darme nietos?, ¿le huyes a las responsabilidades?

Aceptación

Qué hermoso es cuando aquellas resistencias de un comienzo (impregnadas a veces de llanto y otras de chantaje) que resultan dolorosas para los muchachos, se transforman en alegrías al ver la felicidad de ellos, y entendemos que Dios les ha hablado y les ha dicho: “Yo te quiero para mí, para siempre”. Cierto es que nadie tiene asegurada la felicidad, en ningún estado de vida, pero la dedicada a Dios cuenta con la gracia especial de Él. Como dice Santa Teresa: “Es el único que da a cambio el ciento por uno y la vida eterna”.

La misión de los papás

Los padres son los primeros educadores vocacionales. Ellos ofrecen la primera estructura educativa para la vocación. Muestran el principio vocacional: “La vida es un don recibido que, por su propia naturaleza, tiende a volverse un bien donado”.

Es en la familia donde aprendemos a decir gracias y a ponernos al servicio de los demás. Los padres deben formar en el sentido de la gratitud, en el aprecio del don, en la convicción de que todo lo que tengo y lo que soy, lo he recibido y debo multiplicarlo en favor de los demás (cfr. Mt 25, 14-23). Los padres deben ser los primeros animadores vocacionales de sus hijos mostrándoles la estructura vocacional de la vida.

Gracia de Dios

San Josemaría Escrivá de Balaguer se dirigió a unos padres diciéndoles: “Algunos de vosotros tenéis a los hijos lejos, han ido lejos a coger la mies de Dios. Yo os digo que os quiero con toda el alma, y os doy la enhorabuena porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón –enteros– para Él sólo…. ¡Para Él sólo!”.

Fuentes: Iglesia y familia/revista “Hacer familia”

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Comentarios al autor: (hec_mex@hotmail.com)

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