Presentación del Niño Jesús al Templo y la Purificación de María
Espiritualidad
Brígido Ibarra Razura
En la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo celebramos un misterio de la vida de Cristo, vinculado al precepto de la ley de Moisés que prescribía a los padres a que cuarenta días después del nacimiento del primogénito subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor, y para la purificación ritual de la madre (Lv 12, 1-8).
El Mesías esperado
María y José también cumplen este rito, ofreciendo –según la ley– dos tórtolas o dos pichones. Leyendo las cosas con más profundidad, comprendemos que en ese momento es Dios mismo quien presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. En efecto, Simeón proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (Lc 2, 29-35).
Jesús es un Niño como los demás, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. Incluso, los sacerdotes son incapaces de captar los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Sólo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Guiados por el Espíritu Santo encuentran en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene para iluminar al mundo, y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías. En la actitud profética de los dos ancianos está toda la Antigua Alianza que expresa la alegría del encuentro con el Redentor. A la vista del Niño, Simeón y Ana intuyen que precisamente Él es el esperado.
La luz llega al mundo
El símbolo de la luz, y la procesión con las candelas, dio origen al término “Candelaria”. Con este signo visible se quiere manifestar que la Iglesia encuentra en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acoge con todo el impulso de su fe para llevar esa “luz” al mundo.
Por lo tanto, llenos de confianza y de gratitud, renovemos también nosotros el gesto de la ofrenda total de nosotros mismos, presentándonos en el templo. Que para los religiosos presbíteros el Año Sacerdotal sea una ocasión ulterior para intensificar el camino de santificación y, para todos los consagrados y consagradas, un estímulo a acompañar y sostener su ministerio con fervorosa oración. Este año de gracia culminará en Roma, el próximo mes de junio, en el Encuentro Internacional de los Sacerdotes, al cual invito a quienes ejercen el ministerio sagrado. Nos acercamos al Dios tres veces santo, para ofrecer nuestra vida y nuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al Reino de Dios. Realicemos este gesto interior en íntima comunión espiritual con la Virgen María: mientras la contemplamos en el acto de presentar al Niño Jesús en el templo, la veneramos como primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovemos nuestro “heme aquí” y nuestro fiat. Amén.
Tradición de presentar a los niños
En la tradición cristiana también se realiza la presentación al templo: los papás del recién nacido llevan a su hijo o hija para darle gracias a Dios por el nacimiento de una nueva criatura suya. Seguido también del Sacramento del Bautismo, que también tiene lugar días después del nacimiento.
En Nuestra Diócesis de Tepic, el día 2 de febrero, día de la Candelaria, se celebra a Nuestra Señora del Rosario de Talpa, como una fiesta mariana que nos recuerda la Purificación de la Virgen María y la Presentación del Niño Jesús después de su nacimiento.
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