Hacia la Pascua del Señor
Espiritualidad
Brígido Ibarra Razura
Con el Miércoles de Ceniza se inicia el tiempo de Cuaresma, que nos llevará a vivir los misterios de nuestra fe, la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La ceniza bendita, impuesta sobre nuestra cabeza, es un signo que nos recuerda nuestra condición de criaturas, que nos invita a la penitencia y a intensificar el compromiso de conversión para seguir cada vez más al Señor.
Cuaresma: ayuno, limosna y oración
La Cuaresma es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio. Nos recuerda que la vida cristiana es un “camino” por recorrer, que no consiste tanto en una ley que debemos observar, sino en la persona misma de Cristo, a quien hemos de encontrar, acoger y seguir. De hecho, Jesús nos dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 23).
Este itinerario que estamos invitados a recorrer en la Cuaresma se caracteriza, en la tradición de la Iglesia, por algunas prácticas: el ayuno, la limosna y la oración. El ayuno significa la abstinencia de alimentos, pero comprende también otras formas de privación para una vida más sobria. Todo esto, sin embargo, no es aún la realidad plena del ayuno: es el signo externo de una realidad interior, de nuestro compromiso, con la ayuda de Dios, de abstenernos del mal y de vivir el Evangelio. No ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios.
Abstinencia no sólo de alimentos, sino de pecados
El ayuno, en la tradición cristiana, está estrechamente unido a la limosna. San León Magno enseñaba en uno de sus discursos sobre la Cuaresma: “Lo que cada cristiano está obligado a hacer en todo tiempo, debe practicarlo ahora con más solicitud y devoción, para que se cumpla la norma apostólica del ayuno cuaresmal, que consiste en la abstinencia no sólo de los alimentos, sino también, y sobre todo, de los pecados. A estos necesarios y santos ayunos, por lo demás, ninguna obra se puede asociar más útilmente que la limosna, la cual, bajo el nombre único de “misericordia”, abarca muchas obras buenas. Es inmenso el campo de las obras de misericordia. No sólo los ricos y acaudalados pueden beneficiar a los demás con la limosna, sino también los de condición modesta y pobre. Así, aunque sean desiguales en sus bienes, todos pueden ser iguales en los sentimientos de piedad del alma” (Discurso 6 sobre la Cuaresma, 2: PL 54, 286). San Gregorio Magno, por su parte, en su Regla Pastoral, recordaba que el ayuno se hace santo gracias a las virtudes que lo acompañan, sobre todo a la caridad, a todo gesto de generosidad, que da a los pobres y necesitados el fruto de una privación nuestra (cf. 19, 10-11).
Seamos hombres nuevos en vida nueva
La Cuaresma, además, es un tiempo privilegiado para la oración. San Agustín dice que el ayuno y la limosna son “las dos alas de la oración”, que le permiten tomar más fácilmente su impulso y llegar hasta Dios. Afirma: “De este modo nuestra oración, hecha con humildad y caridad, con ayuno y limosna, con templanza y perdón de las ofensas, dando cosas buenas y no devolviendo las malas, alejándose del mal y haciendo el bien, busca la paz y la consigue. Con las alas de estas virtudes nuestra oración vuela segura y más fácilmente es llevada hasta el cielo, donde Cristo nuestra paz nos ha precedido” (Sermón 206, 3 sobre la Cuaresma: PL38, 1042).
La Iglesia sabe que, por nuestra debilidad, resulta difícil hacer silencio para ponerse en presencia de Dios, y tomar conciencia de nuestra condición de criaturas que dependen de Él y de pecadores necesitados de su amor; por eso, en Cuaresma, nos invita a una oración más fiel e intensa, y a una prolongada meditación sobre la Palabra de Dios.
En este camino cuaresmal estemos atentos a la invitación de Cristo a seguirlo de modo más decidido y coherente, renovando la gracia y los compromisos de nuestro Bautismo, para abandonar el hombre viejo que hay en nosotros y revestirnos de Cristo, para llegar renovados a la Pascua y poder decir, con San Pablo, “ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).
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