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Madre, esposa, ama de casa, trabajadora y catequista

Análisis

Lic. Guadalupe García Azpeitia

El Papa Juan Pablo II en 1995 decía: “Ciertamente, es la hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades, la larga historia de la humanidad a la que las mujeres han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas”. Y reflexionaba sobre cómo las mujeres, a pesar de estar en desventaja por la exclusión, han amado y contribuido en la cultura, el arte, la ciencia, la historia y, sin embargo, “han sido expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación”. Nos recordaba asimismo que a pesar de que el tiempo y la sociedad han enterrado las huellas del actuar femenino, su influjo ha perdurado, y por consiguiente, “la humanidad tiene una deuda incalculable”.

Un compromiso con las mujeres

El Pontífice reconocía y sentía profundamente que algunos hijos de la Iglesia tenían responsabilidades objetivas en el empobrecimiento de la mujer, y con ello de la humanidad entera. Invitaba entonces a que toda la Iglesia tomara un compromiso de “renovada fidelidad a la inspiración evangélica” de luchar por la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio, ya que, Cristo “superó todas las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en su relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura”.

El Papa polaco lanzaba también una pregunta que debemos hacer nuestra: ¿qué parte del mensaje de Cristo ha sido comprendido y llevado a término? ¿Por qué los hombres y mujeres pertenecientes a la Iglesia Católica debemos hacerla nuestra? Para dar respuesta me gustaría dar voz a una mujer que lleva más de 20 años de ser catequista y participar en la vida parroquial: “Hay que tomar conciencia que a lo largo de los tiempos la mujer ha sido maltratada, vista como objeto de placer o esclava. Ha cambiado la situación, es cierto, pero ahora con sutileza sigue siendo lo mismo. Incluso a lo largo de los veinte años que llevo como catequista se me ha negado a participar en actividades porque se ha privilegiado a algunos varones, aun cuando una sea quien tenga mayor formación, trayectoria y conocimiento de la comunidad”.

El sacerdote ante la mujer y el varón laicos

“El actuar de algunos sacerdotes sí llevan a mejorar la condición de la mujer; mientras que otros, no han sabido dimensionar el servicio que queremos dar. A veces a la mujer, o al laico varón, le ha tocado dar solución a grandes responsabilidades y necesidades de la parroquia, con buena voluntad.

El párroco, donde yo pertenezco actualmente, nos levanta el ánimo y nos ubica en cómo debemos llevar nuestra vida, con igualdad. La conducta de los sacerdotes –conscientes de los retos que enfrentan- es un modelo o ejemplo para todos los católicos”.

Al respecto de la importancia de que el sacerdote se pregunte, si siguiendo el ejemplo de Cristo, se esfuerza por superar todas las normas vigentes en la cultura de su tiempo, en lo que toca a mujeres y hombres por igual, continúo con las palabras de esta mujer que dice que el ser madre, esposa, ama de casa, trabajadora y catequista sólo es posible con la ayuda de Dios y por amor a su prójimo: “Me gustaría que los sacerdotes fueran más como los llamamos, padres, nosotras somos sus hijas; entonces, que hubiera mayor acercamiento, mayor comprensión, porque muchas veces nuestra labor está con muchas incomodidades, no tenemos espacio ni materiales, incluso los textos que se nos piden llevar no están diseñados para las condiciones en las que nosotros debemos enseñar.

Muchas otras veces estamos entre la espada y la pared, pues debemos actuar para satisfacer las necesidades propias de la catequesis y las disposiciones de los sacerdotes y  en muchas ocasiones lidiar con los cuestionamientos de los padres de familia, que piensan que es responsabilidad absoluta de nosotras como catequistas preparar y formar a sus hijos; y nuestro trabajo es muy difícil, pues los niños no ven en casa un ejemplo de estudio y de vivir la palabra de Dios”.

Amor, y nada más que amor en el servicio

Siendo hombres o mujeres podríamos preguntarnos: ¿realmente los miembros de la Iglesia miramos  con gratitud a todas las mujeres que trabajan y colaboran en las obras apostólicas? Juan Pablo II en sus reflexiones trataba de hacer visible que las mujeres, por su propia feminidad y por su vocación de servicio, poniendo el acento en que tienen la capacidad de enriquecer la comprensión del mundo y contribuir a la plena verdad de las relaciones humanas. Pero creo que el reto como sociedad y el reto en específico como católicos es enseñarnos a nosotros mismos y a las nuevas generaciones a que la gratitud esté presente en todos nuestros actos para humanizar nuestras sociedades.

Se nos estaba olvidando que estas mujeres día a día nos sirven por amor, y no porque estén para servirnos u obedecer, el servicio que ellas prestan y la obediencia que ellas muestran es un acto libre, decidido, amoroso y desinteresado: “Es cierto, estamos para servir, pero no porque recibamos una remuneración económica como muchos padres de familia y niños creen, sino por  amor a Dios y a nuestro prójimo. Si bien es  cierto que estamos desempeñando la misión que Cristo nos dio, y no esperamos un reconocimiento ni remuneración, sería importante un estímulo que nos diese ánimos. La gratitud es un don que se debe practicar, si la gente no lo hace nosotros sin embargo debemos continuar con nuestra misión”.

La justa dimensión del trabajo de la mujer

El peligro que yo veo es que si continuamos como Iglesia con la práctica de no valor algunos servicios u trabajos, de no escuchar algunas voces, estaremos reproduciendo la injusticia y la explotación que reina en nuestra sociedad, la cual se caracteriza porque son los trabajos que están inspirados en el amor los menos valorados, honrados y agradecidos, y generalmente estos trabajos son realizados por mujeres.

Como miembros de la Iglesia debemos entrar en conciencia de que el mensaje de Cristo no ha sido realmente comprendido ni llevado a término, cuando los y las mensajeras son tratados con ingratitud. Creo que hoy más que nunca debemos revalorar, resignificar y agradecer el trabajo de las mujeres en actividades parroquiales, pues debemos lanzar un mensaje a las nuevas generaciones: ante el servicio y obediencia se debe actuar con amor y gratitud.

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Comentarios a la autora: (azpeitia17@hotmail.com)

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